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La Coctelera

macunaima

22 Abril 2008

“Nosotros somos una parte de la Tierra” (22 de Abril, Día Mundial de la Tierra)

En el año 1855, el decimocuarto Presidente de los Estados Unidos, el demócrata Franklin Pierce, les propuso a los Duwamish que vendiesen sus tierras a los colonos blancos y que ellos se fuesen a una reserva. Los indios no entendieron esto.

¿Cómo se podía comprar y vender la Tierra?

El hombre no puede poseer la Tierra, como tampoco puede ser dueño del Cielo, del frescor del aire, del brillo del agua.

El discurso de Seattle es importante porque presenta una visión del mundo y una manera de entender la naturaleza que hoy, tras los desastres ocasionados por el industrialismo, aparecen dotadas de una profunda sabiduría que marca para nosotros el camino a seguir si queremos salvar el entorno natural del que formamos parte y cuya destrucción implica necesariamente la e la Humanidad.

Hace más de un siglo y medio que se elevó de entre los bosques vírgenes de Norteamérica la voz de un “salvaje” que no fue escuchada a tiempo y que hoy tiene para nosotros el valor inmenso de una lección que, si la escuchásemos, podría salvarnos.

Mensaje del Gran Jefe Seattle

al Presidente de los Estados Unidos de América en el año 1855


Sabemos que el hombre blanco
no comprende nuestra manera de pensar.

Para él una parte de la Tierra
es igual a otra, pues él
es un extraño que llega de noche
y se apodera en la Tierra
de lo que necesita.

La Tierra no es su hermana,
sino su enemiga,
y cuando la ha conquistado,
cabalga de nuevo.

Abandona la tumba de sus antepasados
y no le importa.
Él roba la Tierra de sus hijos,
y no le importa nada.

Él olvida las tumbas de sus padres,
y los derechos de nacimiento
de sus hijos. Trata a su madre,
la Tierra, y a su hermano, el Cielo,
como cosas que se pueden comprar
y arrebatar, y que se pueden vender,
como ovejas o perlas brillantes.

Hambriento, se tragará la tierra,
y no dejará nada,
sólo un desierto.

(…)

Lo que le acaece a la Tierra,
les acaece también a los hijos de la Tierra.

Cuando los hombres escupen a la Tierra,
se están escupiendo a sí mismos.
pues nosotros sabemos que la Tierra
no pertenece a los hombres,
que el hombre pertenece a la Tierra.

Eso lo sabemos muy bien.
Todo está unido entre sí,
como la sangre que une
a una misma familia.
Todo está unido.

(…)

Consideramos vuestra oferta.
Sabemos que si no os la vendemos
vendrá el hombre blanco
y se apoderará de nuestra Tierra.
Pero nosotros somos unos salvajes.

El hombre blanco
que va en pos de la posesión del poder,
ya se cree que es Dios,
al que le pertenece la Tierra.
¿Cómo puede un hombre
apoderarse de su madre?

Consideraremos vuestra oferta
de comprar nuestra Tierra.
El día y la noche no pueden vivir juntos.

Consideraremos vuestra oferta
de que vayamos a una reserva.
Queremos vivir aparte y en paz.
No importa dónde pasemos el resto
de nuestros días.

Nuestros hijos verán
a sus padres sumisos y vencidos.
Nuestros guerreros estarán avergonzados.

Después de la derrota
pasarán sus días en la holganza,
y envenenarán sus cuerpos
con dulces comidas y fuertes bebidas.

(…)

Pero, ¿por qué consternarse
por la desaparición de un pueblo?
Los pueblos están constituidos
por hombres. Es así.

(…)

También los blancos desaparecerán
y quizá antes que otras estirpes.
Continuad contaminando vuestro lecho
y una noche moriréis
en vuestra propia caída.

Pero al desaparecer
brillaréis por el fuego del poderoso Dios,
que os destinó a dominar
al piel Roja en esta Tierra.

Este destino es para nosotros
un enigma. Cuando todos los búfalos
hayan muerto,
los caballos salvajes hayan sido domados,
y el rincón más secreto del bosque
haya sido invadido
por el ruido de muchos hombres,
y la visión de las colinas
esté manchada por los alambres parlantes,
cuando desaparezca la espesura,
y el águila se haya ido,
esto significará decir adiós
al veloz potro y a la caza.

El final de la vida –y el comienzo
de la otra vida. Dios os concedió
el dominio sobre los animales,
los bosques y los Pieles Rojas
por un determinado motivo.

Y este motivo es un enigma
para nosotros.

Quizá podríamos comprenderlo
si supiésemos qué es lo que sueña
el hombre blanco,
qué ideales les ofrece
a los hijos en las largas noches invernales,
y qué visiones arden
en su imaginación,
hacia las que tienden
el día de mañana.


Pero nosotros somos salvajes,
los sueños del hombre blanco
nos están ocultos,
y porque nos están ocultos
nosotros vamos a seguir
nuestro propio camino.

Pues, ante todo, nosotros
estimamos el derecho
que tiene cada ser humano
a vivir tal como desea,
aunque sea de modo muy diverso
al de sus hermanos.
No es mucho lo que nos une.

Consideraremos vuestra oferta.
si aceptamos es sólo por asegurarnos
la reserva que habéis prometido.

Quizá allí podamos acabar
los pocos días que nos quedan
viviendo a vuestra manera.

Cuando el último Piel Roja
de esta Tierra desaparezca
y su recuerdo sea solamente
la sombra de una nube
sobre la pradera,
todavía estará vivo
el espíritu de mis antepasados
en estas orillas y estos bosques.

Pues ellos amaban esta Tierra,
como ama el recién nacido
el latido del corazón de su madre.

Si os llegáramos a vender
nuestra Tierra, amadla,
como nosotros la hemos amado.
Cuidad de ella,
como nosotros la cuidamos,
y conservar el recuerdo
de esta Tierra
tal como os la entregamos.

Y con todas vuestras fuerzas,
vuestro espíritu y vuestro corazón,
conservadla para vuestros hijos,
y amadla,
tal como Dios nos ama a todos.
pues hay algo que sabemos,
que Dios es el mismo Dios.

Esta Tierra es sagrada para Él.
ni siquiera el hombre blanco
se puede librar del destino común.
Quizá somos hermanos.
esperamos verlo.

Salvemos Marina Cope

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