barak obama
Marvin Gaye es una de las grandes voces del siglo XX. Como hombre negro se suma, quieriendo o sin querer, a la lucha por una igualdad social que
está tardando demasiado en llegar. Mucho es lo conseguido hasta la fecha, pero al igual que sucede con otros movimientos sociales, lo ganado ha sido a costa de aquellos que se decidieron dar la cara y reivindicar lo que en un tiempo se consideró imposible como algo innegociable. Así, a lo ganado tenemos que sumar lo perdido. Estos días hemos celebrado el 40º aniversario de la muerte de Luther King, por ejemplo. Lo que permanecerá para siempre y para todos es el ejemplo, de él y de tantos otros. Vaya desde aquí nuestro respeto.
Estamos siendo testigos de cómo, poco a poco, se va gestando un cambio político en los Estados Unidos. Un negro desconocido llamado Barak Obama aspira a la presidencia del país y parece que tiene opciones de poder llegar a la Casablanca. Tiene guasa la cosa: la Casablanca. El chiste fácil se abre camino enseguida sin darse cuenta, en su cortedad, de que lo que está sucediendo es precisamente lo contrario. Me explicaré mejor. En primer lugar, un negro presidente de Estados Unidos, es un negro aspirando a un mundo propio de hombres blancos. Eso, para empezar... y ya veremos qué pasa si gana. Pero no es así. Lo que está sucediendo es que la política se está "haciendo negra", (fíjense que ni siquiera existe el adjetivo, porque está claro que en ningún modo podría ser ennegreciéndose como alguno apuntaría, sino "negroizándose"; tendremos que preguntarle a Alexis valdés). 
Barak Obama está abriéndose paso precisamente gracias a su forma de ser y de pensar. Ya hay quien le atribuye parecido inmediato a la figura del malogrado presidente Kennedy, no se sabe con qué intención. A mi parecer, el paralelismo sobra, pues en vez de intentar encumbrarle y relacionarle de igual a igual con aquél, parece quitarle mérito, atribuirle el papel de discípulo y ser desmerecedor de su propio talante y de su identidad política, buscando convertirle en un segundón. Fijémonos sólo en él.
Hace escasas semanas pudimos leer una entrevista biográfica en un medio nacional en la que se reflejaba la habitual situación familiar de conflicto que frecuentemente se da en el seno de las familias mestizas. De padre negro, africano emigrado a norteamérica y madre blanca, Obama es una síntesis de la situación histórica y política de su país y del mundo, no sólo del que heredamos del pasado sino del que tendremos en el futuro. Vemos cómo la imagen de su abuela, en la aldea natal de su padre, se proyecta más allá y no nos llega como un documento, para entendernos, del National Geographic.

Es su abuela, vive hoy en África; no es una entelequia, ni la narración mítica de un continente perdido. Su abuela refleja la historia de millones de seres que nos son contemporáneos y comunes. Y su nieto será (ojalá) el presidente de los Estados Unidos. Es por tanto un exponente de las tensiones y de los elementos en cuestión. Volviendo a su pasado inmediato (padre y madre), con permiso de sus admiradores negros que para sí lo reclaman, y con razón, podríamos también decir que Obama es blanco. Él también es blanco. Porque... ¿a qué llamamos blanco o negro? ¿Al color de su piel? ¿A la educación que recibió? ¿A su genealogía? ¿Por qué Obama no puede ser considerado blanco?

Pero los blancos no lo reclaman, para sí.
Yo modestamente lo reclamo. Reclamo a Barak Obama y me da exactamente igual que sea negro o blanco. Es más prefiero que sea negro, para que represente, de alguna forma, una injusticia que necesariamente tiene que ser resarcida, aunque nunca pueda ser, no sé qué término usar, subsanada, pagada, olvidada. Reclamo mi derecho a identificarme con él, desde un país que no es el suyo, pero en un mundo que sí nos es común y al que específicamente se dirige desde su nación y desde su forma de ver y considerar la vida.
Es evidente que uno de los riesgos que corre, por lo extremadamente simbólico de la situación que ocupa, es no tener margen alguno de error, que se le exija un permanente y continuo estado de excelencia política y de infalibilidad efectiva en sus decisiones. Puesto que es negro (lo mismo sucede con la mujer) necesariamente tiene que demostrar, por encima de lo que tendría que hacerlo cualquier otro, que merece el cargo, que está preparado, que tiene apoyos, que puede hacerlo.
De momento lo que tiene y nada le puede arrebatar, ni desde las filas de su propio partido, porque se lo está ganando, es la oportunidad. Y el reconocimiento. Yo desde aquí le reservo el mío, junto con la honda esperanza que transmite su mensaje, su voluntad y el horizonte internacional que con él parece esperarnos a todos en un futuro cercano.